
— El primero que resultó ni siquiera era capaz de hablar por cuenta propia… —
Dejándola usar su regazo a modo de almohada, cómodas bajo la sombra de un árbol, Rosetta acariciaba el cabello castaño de Audrey.
— ¿Solo obedecía órdenes? —
— No, era más complicado que eso… —
Con sus ojos cerrados como si estuviera dormida, pero con una de sus manos como siempre alrededor de la cintura de Rosetta, Audrey se tomó un momento para pensar en sus siguientes palabras.
— Para ser capaz de obedecer órdenes, primero debía poder entenderlas… —
Acostumbrada a no hablar más de lo necesario por tantos siglos, ser capaz de compartir un momento de calma así con Rosetta era todo lo que necesitaba para calmar su corazón.
No, incluso si el momento no fuera uno de calma, solo estar con ella bastaría.
— Aunque su cuerpo pudiese oír, su sistema solo mantenía lo necesario para mantenerlo con vida funcionando… Podía hacer que caminara, dijera palabras y hasta expresiones, pero eran comandos más que órdenes. —
— ¿Comandos? —
Con su mente todavía en el medievo, no era inusual que Rosetta le pidiera ayuda de esa forma: ladeando la cabeza con un pequeño puchero que Audrey solo desearía besar.
Incluso con los ojos cerrados, imaginarla bastaba para que su corazón se sintiera cálido.
— Como un marionetista que mueve hilos, cada movimiento de sus manos es uno de la marioneta. —
— Pero tú usabas algo distinto. —
— Supongo que podrías llamarlos hilos invisibles… —
Hilos más allá de lo que el cuerpo físico podía percibir.
— Para usar comandos necesitaba hacer contacto físico con ellos, así que era bastante molesto… —
— Contacto físico como… ¿Tomarse de las manos? —
El tono extraño en la voz ajena hizo que Audrey abriera los ojos.
En el rostro de Rosetta, junto al pequeño puchero que tanto esperaba ver, había un pequeño ceño fruncido y un leve sonrojo.
Toda incomodidad por tener que recordar esos tiempos se desvaneció al instante.
— Un toque en el hombro solía bastar, o en la cabeza. —
— Oh… —
Levantándose del regazo ajeno por un momento, Audrey acercó su rostro al de Rosetta.
Verla celosa era adorable, pero no quería molestarla mencionándolo, así que tan solo dejó un beso en su mejilla antes de apoyarse contra su hombro.
Con un sonrojo más grande que antes en el rostro, Rosetta la dejó ser y a cambio tomó su mano libre.
— Esos toques también servían para saber cómo estaban… Si sus cuerpos los estaban rechazando, estaban pensando demasiado en algo o se sentían tristes… Aunque tardé bastante en hacer algo que llegara a ese punto. —
Tantos sistemas fallidos, tantos que sin saber por qué no funcionaron, otros tantos con errores que aprendería a solucionar después, todo eso hasta llegar a los últimos.
— Lotus fue el primero con un cuerpo tan joven, porque pensaba que no sobreviviría muchos años… —
Aunque el hecho en sí era cruel desde estándares morales actuales, para la época de la que Rosetta y ella eran nativas no tanto considerando que las familias se esforzaban por tener muchos hijos teniendo en cuenta que muchos morirían en la niñez.
Era mejor prevenir que lamentar, así que los reemplazos eran necesarios.
— Pero funcionó, funcionó demasiado bien… —
Sin estímulos físicos, el sistema se desarrolló completamente enfocado en aquello que los anteriores descuidaban.
— Poppy y Anemone fueron hechos un tiempo después, intentando replicar lo que Lotus estaba mostrando sin necesidad de actualizarlos directamente… —
— Y luego vino Erica, ¿no? —
Rosetta entrelazó sus dedos con suavidad, casi timidez, mientras Audrey asentía con la cabeza y aprovechaba de hacer cosquillas en el cuello ajeno con su respiración. Porque su risa siempre la hacía sentir mejor, toda su existencia la hacía sentir mejor.
— El sistema de Erica estaba hecho en base al de Lotus, pero adaptado en base a lo que aprendí con Poppy y Anemone… —
— Y era perfecto como ningún otro, ¿no es así? —
— Sí, lo era… —
Como si fuera un verdadero humano, uno que escuchaba con atención todas sus palabras, sentía por sí mismo afecto hacia sus hermanos y sonreía como ningún otro cuando encontraba algo nuevo que le gustaba.
El plan era estabilizar el rechazo que su cuerpo comenzaba a mostrar por su sistema, buscarle uno nuevo en el caso de que no funcionara, y luego comenzar a enseñarle todo lo que había aprendido.
Aprendiendo cómo es que funciona su propio sistema, Erica podría eventualmente abrir la caja blanca que Audrey llevaba consigo.
Conseguiría un cuerpo para Rosetta, la abrazaría luego de tantos años y…
— En verdad quería que los conocieras… —
Vivirían juntos como una familia, ambas y esos niños.
Erica, Poppy, Anemone e incluso Lotus.
—Los conozco gracias a ti, gracias a todo lo que me cuentas de ellos. —
— … Sí, supongo que sí. —
Con una sonrisa amarga, Audrey suspiró y volvió a cerrar los ojos.
Ya se había resignado al hecho de que los había perdido desde hace mucho, desde que Oblivion las trajo aquí y al instante notó su ausencia. Todavía eran unos niños, unos que se quedarían completamente solos si era incapaz de regresar con ellos, y Audrey sabía mejor que nadie lo fugaz que era su existencia.
Cuando escuchó que el mismo Oblivion había intentado traerlos con ellas, el odio que sentía por él por inmiscuirse en sus asuntos disminuyó un poco.
— Aun así, nunca pensé que volvería a verla… —
— ¿Uh? ¿A quién? —
— La que hizo que no te perdiera. —
Una existencia extraña que apareció ante ella una vez que la tragedia ya había terminado, le extendió su mano y luego desapareció hasta siglos después en su sorpresivo final.
Alguien que se llamó a sí misma un dios.
— De no ser por ella, habría caído por ese jaque y… en el mejor de los casos probablemente hubiese terminado aquí de todas formas, pero sin ti. —
Nunca pensó que volvería a verla, pero este hecho confirmó un par de cosas.
El primero, que tal y como había dicho había estado observándola todo este tiempo.
El segundo, que no todos los dioses eran iguales.
— No tenía motivos para interferir, pero decidió aparecer con Oblivion ahí presente… —
Con su cabello igual de largo y oscuro que en ese entonces, un vestido cubriéndola de pies a cabeza y una expresión completamente fría en el rostro, con ojos negros y vacíos de cualquier sentimiento.
Luego de muchas noches pensándolo, llegó a una conclusión.
— Probablemente porque no quería que pusiera sus manos en algo que hizo. —
— ¿Eso crees? —
— Me dejó claro desde el principio que no podría crear algo a su nivel porque era humana, pero si otro dios lo aprendiera… —
— No, me refiero a… ¿No crees que decidió aparecer para protegerte, Audrey? —
Abriendo los ojos completamente confundida, observó el rostro de Rosetta en un estado similar.
¿Sería un dios capaz de algo así?
Incluso si la había estado observando todos esos siglos, dudaba que hubiese sido más que un entretenimiento casual para ella, como un programa de televisión que ves sin el más mínimo interés por los que ahí se muestran.
Su explicación tenía más sentido, pero se le hacía imposible negar la visión ingenua de Rosetta. No cuando ella sonrió después de unos segundos mirándose de esa forma.
— No tenía motivos para abrir mi caja, ¿verdad? —
Podría haber puesto la caja abierta en un cuerpo cuando se conocieron, estaba segura de que eso era posible para un dios, pero por su propia diversión decidió sellarla y darle a Audrey la misión de abrirla para recuperar a Rosetta.
— Pero lo hizo, y gracias a ella estamos juntas ahora. —
Si no quería que Oblivion pusiera sus manos en sus sistemas imperfectos y aprendiera el mecanismo para crearlos, entonces habría sido más fácil retirarse con todo.
Pero no lo hizo.
— Podría haber sido solo por lastima… —
Lastima de que luego de tantos años esforzándose todo terminara porque un mocoso estúpido que ni siquiera entendía lo que era el amor decidiera involucrar a un dios ajeno en sus problemas.
— O podría haber sido un regalo de agradecimiento. —
— ¿Por mantenerla entretenida? —
— Suena como algo que un dios haría, ¿no~? —
— … Sí, desde luego que uno pagano haría algo así. —
Soltando una risa por lo absurdo de sus conclusiones, por la alegría todavía casi irreal de volver a estar juntas y por el dolor de lo perdido que pese a todo seguía ahí, Audrey dirigió sus ojos dorados al cielo.
Pese a todo, seguía siendo una humana ignorante.
Había dicho que estaba dispuesta a hacer los sacrificios que hiciesen falta para tener a Rosetta de regreso con ella, y no se arrepentía de ninguno. De no ser porque esos niños no estaban aquí, todo se sentiría demasiado perfecto como para ser verdad.
¿Era lo bastante ambiciosa como para desear recuperarlos? Sí, pero también lo suficientemente realista como para saber que el juego ya había terminado.
La imagen de todos juntos que por tanto tiempo había visto completa en su memoria ahora se había convertido en solo eso, solo un recuerdo.
Un recuerdo que tendría que resignarse a aceptar por lo que es mientras continúa sosteniendo la mano de Rosetta hasta el fin de sus días.
Un recuerdo cálido y agridulce, como un sueño de una noche de verano.