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Worldend Dominator

El alma, también conocida como información espiritual, es la esencia inmaterial de innumerables existencias.

 

Como el núcleo de cada ser, estos datos pueden ser manipulados y activados en diferentes formas y cuerpos físicos, e incluso ser transferidos a contenedores con la ayuda de habilidades o mecanismos especiales. Sin embargo, pueden corromperse y bajo ciertas condiciones no quedar exentos de la regla de descomposición.

En un vacío oscuro, en medio de piezas destrozadas de miles de mundos, una existencia se sintió aburrida.

Tanto tiempo observando el límite de sus capacidades, llevando al borde a cada uno de esos mundos solo para que terminen siendo cada vez más repetitivos. Era agotador, ni siquiera podía recordar la última vez que alguno le había hecho interesarse genuinamente en él, esperar impaciente qué ocurriría en el futuro, emocionarse con su desenlace.

Era una existencia observadora, o al menos así le gustaba considerarse. El primer sistema que creó fue una herramienta de investigación, una consciencia colectiva dividida en cientas de partes con la capacidad de recopilar, procesar y registrar detalles sobre cada criatura individual que vivía en un mundo, así como también información cuantitativa básica sobre cualquier ser o evento dado sin ninguna información o contexto cualitativo adicional.

Los resultados fueron buenos, y como consecuencia el segundo sistema fue uno para crear pequeños mundos en base a la investigación anterior.

Solo por un capricho, solo por su propio entretenimiento.

En este vacío oscuro, sin muchas visitas de otras deidades interesadas en su solitaria existencia, una débil pulsación vibraba  y se difundía hacia afuera como un latido que sacude el aire de vez en cuando.

— Es aburrido... —

Y no hay mayor peligro para el frágil equilibrio del Caos que una existencia demasiado poderosa en ese estado.

Lo único que quería era observar, pero otros dioses creadores no estaban dispuestos a tener a alguien así cerca de sus bonitos mundos. Incluso si nunca salía de su silencioso y vacío palacio, la reputación de sus acciones con sus pequeños experimentos le precedía.

Ya le habían tolerado mucho dejando que los estudiara después de todo, no le debían nada como para aceptar sus demandas egoístas.

Comenzar una guerra por simple aburrimiento habría sido absurdo, ¿verdad?

Por suerte o desgracia los dioses son criaturas así, y aunque no era un fanático de las peleas como otros sí que podía dar lo suyo si el resultado prometía ser interesante.

Fue un desastre, pero consiguió su objetivo gracias a la intervención de algo más poderoso que todos ellos.

Resignados, los dioses se apartaron de su camino y por un largo tiempo fue feliz observando sus intentos de darle historias interesantes.

Hasta que volvió a aburrirse.

El resultado fue obvio, una insistente existencia pidiendo permiso para intervenir en mundos ajenos de maneras quizás no tan disimuladas.

Fue solo casualidad que en uno de esos mundos, uno casi abandonado por su creador y en camino a su propia destrucción, decidió cambiar el final de una tragedia.

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