top of page
Rose

Su interés en esa persona nació por simple capricho, solo porque consideró que la escena era curiosa.

En un jardín que había visto días mejores, le rogaba entre lágrimas a un dios ausente por la muerte de su amada, por un castigo al responsable de su muerte, por una resurrección que nunca ocurriría.

La historia era sencilla, en unos cuantos años incluso podría ser llamada cliché: un amor prohibido, un matrimonio concertado con otra persona y la necesidad de dar a luz a un heredero incluso si aquello ponía en riesgo la vida de la madre.

A una mujer le robaron su futuro y a la persona que se lamentaba en aquel jardín a su amada.

Como era de esperarse, la angustia no tardó en convertirse en ira al no obtener respuesta alguna, pero aún así continuaba visitando ese desolado jardín cada vez que sus responsabilidades lo permitían.

Le escuchó gritar hasta el cansancio, hasta que su voz se desvanecía y lo único que podía hacer era continuar llorando por alguien que jamás volvería.

Fue una decisión que no pensó demasiado.

No hubo protestas del legitimo dueño de ese mundo al proyectarse, el rostro de un desconocido de un pueblo cercano fue su disfraz.

Le encontró plantando una flor que no crecería, no cuando el invierno estaba tan cerca.

— ¿Le gustan las flores? —

— No, las odio. —

Se levantó con una elegancia que no portaba consigo cuando le veía llorar, fue un contraste interesante.

— ¿Por qué? —

 — Hacer tantas preguntas sin siquiera presentarse es grosero, ¿sabe? —

Ambos sonrieron, pero ninguna era una sonrisa sincera. Y a la vez ambos lo sabían.

Todavía joven, no tardó en dejarse llevar por el aura que fluía más allá de su disfraz humano, quizás porque creía ver algo similar en esos ojos vacíos que no tenían intenciones de decirle su nombre.

— Nunca he podido hacer crecer ni siquiera el más pequeño brote de algun flor. —

— ¿Y eso? —

Señalando el suelo a sus espaldas, supo a qué se refería sin siquiera voltear, pero aún así acabó haciéndolo cuando la sonrisa en su rostro dio el menor atisbo de flaqueo.

— Es una rosa, pensé en... intentarlo otra vez. —

 

 — ¿Por qué? —

—  ... Eran las favoritas de una amiga. —

Por supuesto, ya conocía toda la historia.

— Una buena amiga, supongo. —

— Sí... —

Sabía cuál debía ser su expresión incluso si le estaba dando la espalda, había pasado mucho tiempo observando ese mundo después de todo.

Aún así, tardó un poco en recordar qué era lo que los humanos decían en estos casos.

— Lamento su pérdida, ¿fue la peste? —

— ... Desearía que hubiese sido eso. —

Incluso si hace un momento sus hombros estaban casi caídos, al momento de pronunciar esas palabras con una voz amarga la ira estaba clara en hasta el más mínimo nervio de su cuerpo.

De haber sido esa la muerte de su amada las cosas quizás habrían sido mejores, porque siendo incapaz de alejarse de su cuerpo habría muerto al poco tiempo. Aunque de todas formas gritaría blasfemias por dejar "Dios" que algo así le ocurriera a esa mujer.

Sí, quizás había estado observando demasiado tiempo este mundo, es fácil cuando no hay protestas ni interés de su creador.

 — Volviendo a lo anterior... —

Sus ojos eran peculiares, casi del mismo tono dorado del oro, o incluso más brillante.

Su capricho fue querer ver de qué eran capaces.

— Esa flor no crecerá. ¿Lo sabe, verdad? —

— ... Sí, lo sé. —

Y aún así quería plantarla, porque no tenía otra manera de expresar sus sentimientos.

Golpear a los sirvientes o esclavos no era su estilo, tampoco tenía algún pasatiempo que realmente le gustara, todos eran los que su posición exigían. Vivía en una monotonía constante y sabía que eso seguiría así hasta el día de su muerte.

Ese era su destino, vivir cargando su peso y cumplir la misión con la que había nacido cuando las campañas para recuperar la Tierra Santa terminaran.

Es por eso que le extendió una mano, porque quería ver lo que el sentimiento ardiente en los ojos de esta mujer era capaz de hacer.

— ¿Te gustaría cambiarlo? —

— ... ¿Qué? —

— Este final tan triste, puedes cambiarlo si lo quieres. Puedo darte el poder de hacerlo. —

— ... ¿A qué se refiere? —

— ¿Eso realmente importa? —

— ... —

No, no importaba, llegado ese punto ya había renunciado a cualquier esperanza después de todo.

Si podía recuperar a esa mujer entonces haría cualquier cosa, sin importar cuánto tiempo tardase, sin importar los sacrificios que tuviera que hacer en el camino o el estado en el que ella misma terminara.

Ese era su único deseo, y un dios estuvo dispuesto a darle la forma de cumplirlo por su cuenta.

Solo un tonto habría rechazado la propuesta.

 

Y ella no era ninguna tonta, ¿verdad?

655_sin_título_20200218065901.png

© 2023 by Name of Site. Proudly created with Wix.com

bottom of page