
Reinald Dunne se suicidó cuando su sobrino tenía siete años.
Por años lidiando con una depresión que muchos llamaban congénita, con un secreto que no fue capaz de escribir ni siquiera en su carta de despedida.
Una voz que se burlaba de sus acciones y que durante más de diez años fue el responsable de innumerables vacíos en su memoria, aunque con el inestable estado en el que su mente estaba nunca pudo pensar en la razón de esto.
De todas formas, una posesión no es fácil de creer.
En un plano distinto a este, donde el caprichoso destino decidió cambiar este evento decisivo, la existencia que luego tomaría completo control sobre su cuerpo no le permitió acabar con su vida.
El plan ya estaba escrito y no había espacio para errores.
Cinco meses después de ese fatídico día, Reinald Dunne tomó custodia legal de su sobrino.
Su madre fue internada en un hospital psiquiátrico del que nunca saldría, su padre no fue capaz de oponer protesta alguna. Y él no hizo más que sonreír mientras el niño que había escogido hace tanto tiempo observaba ese rostro idéntico al de su padre con incomprensión.
Ese color dorado en sus ojos era extraño.
El hombre solo soltó una risa y tomó su mano para llevarlo lejos del hogar en el que había vivido toda su vida.
Nunca fue llevado a Tolworth, mucho menos a Severalls.
Nunca conoció a nadie que influenciara en él ni mucho menos intentó resistirse a sus enseñanzas.
Criar a un pequeño monstruo es mucho más fácil cuando tienes un cuerpo que este puede observar mientras hablas.
El plan se cumplió a la perfección sin inconvenientes, tal y como estaba previsto, y un tonto solo se enteró veinte años después del significado de ese nombre por el que su tío siempre le llamaba.
Ya era tarde para cambiar el destino en ese punto.
... Muy tarde, pero de todas formas es una tragedia agradable de escuchar.
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Al llegar a casa pocas semanas antes de graduarse de secundaria, se encontró una amapola en el salón.
Cabello castaño que ya comenzaba a presentar sus raíces más claras que el resto, ojos infantiles del mismo color y piel trigueña con bastantes lunares. Su nombre legal era Colette y tenía apenas 8 años, pero se enteró de eso mucho tiempo después. Él solo la llamaba Poppy desde el primer momento.
— Lotus se encargará de ti cuando no esté, ¿de acuerdo? —
— ¡Sí, papá! —
— No es necesario decirlo tan fuerte. —
Una voz tranquila, pero que ambos sabían que era mejor obedecer.
— Sí, papá. —
— Buena chica. —
El par de palmadas en su cabeza era una orden para que tomara asiento y estuviera tranquila mientras él iba a prepararse un café. La niña no tardó en obedecer y fijar su vista en el adolescente frente a ella.
El pobre estaba gritando mentalmente porque no sabía lidiar con niños y nadie le había avisado de su llegada.
Social skills = 0%
— ... —
— ... —
— ... —
Incómodo, era muy incómodo.
En ese tipo de silencio, siendo observado por la menor que en poco tiempo comenzó a mover sus piernas como si estuviera en un columpio, tuvo ganas de decir que tenía tarea para esconderse en su habitación.
— Uh... —
Como era de esperarse, la primera que habló fue la niña.
— ¿Puedo llamarte "hermano"? —
Sin esperar esa pregunta, no pudo evitar observarle confuso por varios minutos.
— ... Claro. —
— ¿De verdad? —
— Sí... —
— ¡¿De veritas?! —
— ¿Eh? —
— ¡Es la primera vez que tengo un hermano! ¡¿Podemos-... Podemos ir a pescar o a buscar moras juntos?! —
"¿Eso hacen los hermanos?" fue lo que un tonto se pregunto mientras permanecía sin responder. Por suerte papá volvió a tiempo para darle una mirada divertida por sus obvios nervios y sentarse junto a la niña.
Una de las manos de su padre no tardó en ir a su frente, porque le había dicho que permaneciera tranquila y no obedeció correctamente la orden.
Los errores deben ser corregidos.
Recuerdos como ir de pesca o a buscar moras con alguien deben ser restringidos.
Colette no es necesaria.
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— Mañana llevala al centro comercial. Que compre las diez cosas que más le gusten. Y algo de ropa. —
— Sí. —
Una prueba para comprobar su funcionamiento ante estímulos múltiples, nada más que un experimento.
Podía ser desechada en cualquier momento.
— Obedece las palabras de Lotus. No te separes de él. —
— ... Sí. —
Respuesta lenta como era de esperar, su cuerpo no es lo suficientemente compatible como para procesar todo al instante.
Al separar su mano, la niña permaneció en silencio por largo rato. Su mirada fija en un punto incierto, su respiración casi inaudible.
Papá tan solo soltó un suspiro de frustración.
— Deja que Poppy duerma en tu habitación hoy. —
— Sí. —
Sin cuestionar la decisión, ignorando su propio desconcierto de tener a esa extraña en casa, tan solo obedeció.
El día siguiente fue un caos al que no estaba acostumbrado.
Una pasión intensa, una niña que corría por todas las tiendas del centro comercial porque todo lo que podía ver en los escaparates era interesante.
Alguien tranquilo cuyos pasatiempos consistían en leer y jugar con una Nintendo DS que papá le había obsequiado definitivamente no podía lidiar bien con ello.
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Poppy no iba a la escuela porque estaba legalmente muerta.
Pasaba la mayor tiempo en casa, en la habitación donde no molestaba a papá y podía estar con su hermano cuando este volvía de la escuela.
La mayoría de las tardes salían al parque a jugar hasta que el cuerpo de la menor estaba demasiado cansado como para seguir moviéndose y el mayor debía cargarla de vuelta a casa. Papá solo observaba su desarrollo con curiosidad, porque se comportaba como una niña hiperactiva sin ninguna falla aparente. Y eso era inusual.
Por suerte o desgracia, no tardaron en descubrir la razón cuando comenzaron sus dolores de cabeza.
— Le está rechazando. —
¿Su cuerpo? ¿Su alma? Quizás todo a la vez.
Retorciéndose en su cama con lágrimas en sus ojos, la niña permanecía callada aún si quería gritar porque esa era la orden de su padre. Con una mano sobre su frente que no tenía la intención de medir su temperatura.
El que se supone era su hermano solo observaba en silencio.
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Unas semanas después, una anemona llegó.
Un chico algo mayor que Poppy, de cabello negro que con las semanas se tornaría gris y ojos castaños como los de ella. Algo grueso, con mejillas regordetas y una expresión de cordero degollado.
Describirlo con una palabra es sencillo: ansiedad.
Mucha, alguien se habría sentido muy identificado con él si se enterara de sus propias emociones.
— Compórtense, ¿de acuerdo? —
— Sí... —
Ambos contestaron al mismo tiempo con emociones distintas en su voz. Poppy estaba interesada en el chico que, incluso si era mayor, por orden de llegada tenía menos experiencia que ella. Anemone no sabía qué esperar de la niña y solo rogaba internamente por ayuda.
Mientras los niños se miraban fijamente, un tonto quiso escapar.
— Lotus. —
— ... ¿Sí? —
Pero papá no le da descansos tan fácilmente.
— Los dejo a tu cuidado. —
¿Porque es el mayor y es más responsable? ¿Porque su mente es mil veces más estable en comparación? ¿Porque le gusta verle estresado?
— Sí. —
No tiene sentido cuestionárselo.
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Era sencillo llevarse bien con Anemone, ninguno de los dos eran de muchas palabras pero ambos se sentían cómodos con eso.
Mientras papá continuaba tratando los dolores de cabeza de Poppy, ellos veían la televisión en silencio.
— Lotus. —
— ¿Qué pasa? —
— ¿Se va a poner mejor? —
Sin cambiar la expresión en su rostro, el niño preguntó eso sin desviar la mirada de la pantalla.
— ... Papá se está encargando de ella, así que no necesitas preocuparte. —
— Pero papá siempre la castiga... —
Porque su cuerpo no es tan compatible como los que ambos tuvieron la suerte de conseguir.
— Estará bien, Anemone. —
Un tonto observó al menor sin intentar acariciar su cabeza para tranquilizarlo, porque nunca nadie le enseñó a hacerlo.
— ... Papá ha dicho lo mismo. —
Y esa era la única verdad que existía.
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Poppy fue la culpable de que dejara crecer su cabello.
— ¿Trenzas? —
— ¡Sí, unas niñas del parque me enseñaron a hacerlas! —
Y al parecer como su más reciente descubrimiento no quería tardar en poner toda su pasión en ello.
El cabello de la chica no era corto, pero no le habían enseñado como hacerlo con ella misma. Anemone no le dejaría acercarse lo suficiente y papá no podía ser molestado.
Su hermano mayor que ya comenzaba a recibir regaños en la escuela por tenerlo hasta los hombros era la víctima perfecta.
— ... De acuerdo. —
— ¡¿De verdad?! —
Y aún si pudiera sentir los tirones de las manos inexpertas de la niña no se habría negado.
Cuando Anemone despertó, se encontró con el cabello rosa de su hermano en muchas trenzas irregulares.
— Te ves horrible, Lotus. —
Y como su flor indicaba, el niño era terriblemente sincero.
— ¡No le digas horrible, se ve lindo! —
— No, es horrible. —
— ¡Es lindo! —
— No. —
— ¡Que sí, solo estás celoso! —
— No lo estoy... —
— ... —
Ninguno pensó en preguntar la opinión de papá porque molestarle en verdad estaba prohibido.
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Papá estaba muy poco tiempo en casa, y la mayor parte de este se encerraba en su oficina donde nadie tenía permiso para molestarle. En ocasiones, les acompañaba a cenar sin decir palabra alguna, tan solo observando sus acciones.
Su adquisición más reciente desenfocaba su mirada cuando la expresión que se mostraba en el rostro de los otros dos cambiaba; la menor de todos aumentaba o disminuía el tono de su voz repentinamente cada vez que la conversación tomaba un rumbo distinto; el mayor observaba con una emoción obvia en sus ojos, pero intervenía solo cuando una pelea amenazaba con surgir.
Al terminar la cena una noche, le llamó a su oficina para hablar.
— ¿Qué sucede, papá? —
"¿He hecho algo malo?", probablemente era eso lo que deseaba preguntar.
— ¿Cómo han estado todos? —
Una pregunta tan general como esa era todo lo que necesitaba para ponerse más nervioso aún, pese que la expresión en su rostro permanecía sin cambios.
No desperdició esos años, era un alivio ver que funcionaba.
Esa mujer de seguro estaría orgullosa de ver a su hijo así ahora. Aunque nunca realmente lo había sido.
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— Poppy sigue con dolores de cabeza, pero su frecuencia no ha cambiado. An duerme más de lo normal, pero- —
— ¿An? —
— ... Anemone, An es el apodo con el que Poppy ha comenzado a llamarlo. —
— Ah, ya veo. No lo he notado. —
Porque no son sus conversaciones pre-fabricadas lo que importa, sino las reacciones que muestran y los datos que son capaces de procesar.
— ¿Entonces? —
— Duerme más de lo normal, pero es solo porque se queda hasta tarde para ver la televisión todos los días. —
— Ya veo. —
— ... —
— ... ¿Y? —
— ¿Eh? —
— ¿Cómo has estado tú, Lotus? —
— ... Bien, creo. —
Una respuesta lenta con una voz en extremo monótona, pero algo que ninguno de los otros era capaz de hacer.
— Es agradable pasar tiempo con ellos, aunque de vez en cuando termino demasiado cansado de... —
— ¿Pasar tanto tiempo con ellos? —
— ... Sí, pero son más fáciles de entender que mis compañeros de la escuela. —
— Y eso es bueno, ¿no? —
— Sí, lo es. —
Porque podía entender cómo mantenerlos con una sonrisa en su rostro, una como la que alguien alguna vez le había dedicado.
Las memorias de esa época en la que creía que su nombre era otro ya comenzaban a borrarse para ese entonces.
— No has tenido problemas con tu cuerpo, ¿verdad? —
— Ninguno, o eso creo. —
De no ser porque ya había pasado más de diez años en su cuerpo actual y ese aún no era más que un adolescente, definitivamente lo habría tomado para sí.
Quizás algún día lo haría, cuando ese niño ya no fuera útil o el cuerpo de su tío comenzara a fallar.
Sin sospechar los pensamientos del otro, un tonto sonrió al ver al mayor complacido por su respuesta.
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Un día después de la escuela, se encontró a papá paseando en la ciudad. Una niña caminaba junto a él, sin soltar su mano. Una que él nunca había sostenido.
¿Qué nombre tendría? ¿Uno similar al de todos ellos?
Desde la distancia era imposible saberlo.
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A su graduación solo asistió papá con un impecable traje negro y una rosa roja en su bolsillo. Una vez que esta terminó, las ordenes no se hicieron de esperar.
— Derecho, Universidad Metropolitana. —
— Sí. —
El auto que solo papá sabía conducir permaneció en silencio durante el resto del viaje, uno que no era cómodo pero tampoco desagradable.
Al estacionar y voltear la vista hacia él mientras se quitaba el cinturón de seguridad, el hombre notó algo.
— Tu cabello. —
— ¿Eh? —
— ¿Por qué lo has dejado crecer tanto? —
Por largos minutos permaneció en silencio sin saber cómo responder aquella pregunta.
— ... A Poppy le gusta que sea largo. —
Su menos favorita, la amapola silvestre que por capricho había recogido, resultó ser más útil de lo esperado.
— Ya veo. —
Al entrar en casa, la niña fue la primera en aparecer para exigir que la tomara en brazos.
— ¡¿Por qué estás vestido como presentador de noticias?! —
— ¿Así se visten los presentadores? —
Anemone llegó un rato después a mitad de la preparación de la siempre medio cruda medio quemada cena.
— Te ves como un presentador de noticias, Lotus. —
— ... ¿Tan extraño es que use corbata? —
— Sí. —
De haberla usado como correspondía en el uniforme todo ese tiempo, quizás no les habría extrañado tanto.
De todas formas no pudo evitar sonreír en ambas ocasiones.
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Unas semanas después, papá llegó con una mujer en sus brazos. Cabello rojo como el que alguien alguna vez tuvo, rizado como el de esa persona en sus memorias.
Sin notarlo, ambos niños se sujetaron de su ropa sin desviar la mirada de la mujer que fue llevada inconsciente hasta la oficina. En sincronía, sintiendo aquello que ninguno era capaz de nombrar, permanecieron así un rato antes de dirigirse al sillón mecánicamente.
Ninguna de las preguntas en sus mentes fueron expresadas, porque inmiscuirse en asuntos que no les correspondían estaba prohibido.
Cuatro días más tarde, papá se las presentó.
— Ella es Cactus, pero... —
Su sonrisa burlezca fue acompañada de un par de palmadas en el cabello rojo de la mujer.
— Llamenla Madeleine. —
Una cruel referencia a una pecadora que ninguno conocía. Poppy tan solo mantenía la mirada fija en ella sin moverse de su lado, Anemone estaba escondido detrás de su espalda.
— No es necesario que te encargues de ella, Lotus. —
Un experimento simultáneo del que ninguno estaba al tanto.
— Sí, papá. —
Sin expresión alguna al igual que todos ellos en algún momento, "Madeleine" permaneció en completo silencio durante todo el día.
A la mañana siguiente, descubrieron que había salido durante la noche.
¿Era eso lo que papá esperaba de ella?
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"Madeleine" volvió tres días después. Lo primero que dijo fue algo parecido a "Tengo hambre" entre dientes.
Antes de que ninguno de los niños pudiera decir algo, les pidió que fueran a un rato a la habitación. Como estaba escrito, no opusieron protesta alguna.
La mujer comió las sobras recalentadas de la cena del día anterior con rapidez antes de apropiarse del sofá para tomar una siesta.
Cuando despertó sobresaltada unas horas después, se topó con los ojos verdes de alguien observando.
— ... ¿Qué quieres? —
— Papá se molesta cuando alguno tiene heridas... —
Marcas de mordidas en su cuello, de manos en sus brazos y hombros. De haber podido ver bajo su ropa solo habría encontrado más de ellas.
"Madeleine" no respondió y por largo silencio la sala volvió a estar en un silencio total. Preocupado sin saberlo, el que aunque aparentaba ser mayor que la chica no lo era fue quien extrañamente tomó la palabra.
— ¿Duele? —
— ... Sí. —
— ... El botiquín está en el baño, ¿quieres que lo traiga? —
Un asentimiento fue su respuesta.
Sin notarlo, ambos rompieron una regla ese día.
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Poppy desapareció un mes después.
No podían encontrarla por ningún lugar de casa, no habría salido por su cuenta sin importar qué hubiese afuera.
Cuando "Madeleine" regreso a mediodía le preguntó si la había visto, la respuesta fue una negación que hizo que Anemone y él desviaran la mirada.
¿Papá iba a enfadarse?
¿Estaría bien?
¿Iban a ser castigados?
¿Y si algo malo le había sucedido?
Cuando papá volvió esa noche a casa, tuvo que esperar hasta después de la cena para informarle de lo ocurrido.
— No sé dónde está- —
— Lo sé. —
Interrumpiendo sus palabras, sin siquiera dirigirle una mirada desde el escritorio en su oficina, papá rellenaba unos documentos de un trabajo que desconocía.
— No es necesario que te preocupes más por ella, Lotus. —
— ... —
Esa respuesta solo le generó más dudas que era incapaz de poner en palabras.
Al volver a su habitación sin conseguir ninguna respuesta, alguien le esperaba aún despierto.
Ah, su programa favorito empezaba pronto, ¿verdad?
— ¿Qué dijo papá? —
— ... Que no necesitamos preocuparnos por ella, An. —
La televisión no se encendió esa noche.
En su lugar, un niño de cabello gris y ojos castaños iguales a los de alguien que ya nunca volvería se aferró a su espalda para dormir.
El que alguna vez fue llamado "hermano" por esa niña permaneció dos días aislado en su habitación.
El techo era blanco, y algo amargo que hace mucho no sentía le estaba rompiendo.
No dolía, porque era imposible que doliera.
《 ... 》
Eso era lo que había repetido todos esos años sin descanso.
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Al tercer día, "Madeleine" entró por primera vez en su habitación. Anemone dormía acurrucado en una manta que él mismo le había puesto frente a la televisión.
— Oye. —
Ignorándolo totalmente, la chica se acercó a la cama donde él permanecía. Ojos azules contra un cansado verde.
— ¿Por qué estás así? —
— ... —
"Madeleine" no recibió ninguna respuesta de su parte. Con un chasquido de su lengua, se sentó sobre él sin ninguna clase de timidez.
No podía sentir su peso ni sus uñas clavándose en su pecho.
— ¿Es por esa niña? —
No, todo estaba bien con eso. Papá había dicho que no era necesario preocuparse por ella, no lo estaba haciendo.
No, no estaba preocupado, solo...
— ... ¿Quieres que te anime un poco? —
Por primera vez, vio una sonrisa en su rostro.
Una que no expresaba nada.
Cuando vio que sus manos comenzaban a bajar hasta su cadera, reaccionó un poco.
— ¿Qué estás haciendo...? —
— No tienes que hacer nada, soy buena en esto. —
Sin saber de lo que estaba hablando, sin sospechar de lo que iba a ocurrir, intentó levantarse. La chica necesitó solo empujar sus hombros hacia abajo para que cualquier resistencia cesara.
No porque no tuviera la fuerza necesaria como para quitarla de encima o tuviera deseo alguno de ver como poco a poco la ropa comenzaba a irse.
Solo bastó ver ese cabello rojo y esos ojos llenos de angustia tan nostálgicos sobre él para congelarse.
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Forzado, lastimero y desastroso.
"Madeleine" se fue de la habitación directo a la ducha, y permaneció ahí por largo rato.
En silencio, él solo se vistió otra vez.
Ninguno dijo nada al respecto mientras comían.
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Papá solo se acercó a él cuando una de sus fiebres llegó.
El cabello que seguía sin cortar aunque una amapola ya no estuviese ahí para trenzarlo se esparcía por toda la almohada. Las raíces no habían dejado de aclararse en ningún momento, igual que los demás.
Con sus ojos entrecerrados, un tonto solo sonrió al ver que papá colocaba una de sus manos sobre su frente.
Antes de verle se había encontrado con "Madeleine" para hacer exactamente lo mismo.
Accediendo sin necesidad de permiso a sus recuerdos, confirmando en ambas partes lo que había pasado.
El siguiente paso era...
— ¿Qué sientes, Lotus? —
— Mareo... —
— No me refiero a la fiebre. —
— ... —
Sin entender el punto de sus palabras, buscó su mirada con la suya titubeante. Verde contra dorado.
— Te dije que no necesitabas encargarte de ella, ¿no? —
— Sí, pero... —
— ... ¿Pero? —
No había sido más que un capricho, ver a dos de ellos tan diferentes interactuando entre sí.
— ... No es bueno que duela. —
Como era de esperarse, él siempre superaba sus expectativas.
— ¿Crees que le dolía? —
— ... Sí, no se veía feliz. —
Por supuesto, porque ni siquiera se molestó en crear algo que fuera lógico consigo mismo.
— Ya veo. —
Las enseñanzas de esa mujer seguían ahí grabadas después de todo, aún si sus memorias ya se habían desvanecido.
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Un día Anemone encontró una pequeña caja llena de hojas secas bajo la cama.
— ¿Qué es esto, Lotus? —
Enfocado en sus nuevos libros, el que ahora era un estudiante universitario tardó unos segundos en terminar una línea y voltearse a ver lo que el menor sostenía.
— ... Poppy las trajo un día, quería ver si tardaban más en secarse si no recibían luz. —
La confusión brilló en los ojos castaños del niño, pero no por el motivo que él creía.
— ¿Quién es Poppy? —
El que alguna vez fue llamado hermano por alguien no supo qué responder.
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A diferencia de él, Anemone no podía procesar ese tipo de emociones. Es por eso que cuando al abrir la puerta de su oficina un hombre le encontró esperando sin siquiera tocar, supo que algo estaba mal.
— ¿Qué estás haciendo, Anemone? —
— ... ¿Poppy está bien? —
Su trabajo no era sentir eso.
— ¿Qué estás diciendo? —
— S-Sé que dijiste que no nos preocuparamos, pero... —
Sus palabras callaron al sentir la mano de papá en su frente. Era natural que un error como este ocurriese, pero totalmente innecesario.
La solución más sencilla fue borrar los recuerdos de esa niña para que el problema desapareciera como su existencia.
Un niño demasiado sincero que pese a sus nervios no pensó con cuidado sus decisiones.
Adorable y estúpido, igual que el que continuaba con fiebre en su habitación.
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A los pocos meses de comenzar la universidad encontró a "Madeleine" inconsciente sobre su cama.
Papá llegó un rato después y no hizo más que llevársela sin dirigirle ninguna palabra.
Nadie se preocuparía por una prostituta muerta en un callejón.
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Para el siguiente, se aseguró de encontrar un cuerpo mucho más compatible que el anterior. Un cactus distinto, uno que no necesitara ningún cuidado para crecer.
Un chico de su edad, rubio y de ojos oscuros, con los nudillos heridos y un moratón sanando en su ojo.
Escondido detrás de él, Anemone permanecía inquieto.
— Él es Cactus. —
Y esta vez no era un modelo defectuoso.
— Le dejo a tu cuidado, Lotus. —
Tenía una sonrisa parecida a la de ella en su rostro, una que no expresaba nada.
— Sí, papá. —
En lugar de angustia, sus ojos estaban llenos de hostilidad.
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— ¿No te quedas? Siempre vuelas apenas las clases terminan, Dunne. —
— ... Perdón por eso, es que tengo que encargarme de mis hermanos en casa. —
— ¿Tienes hermanos? —
Preguntando con naturalidad, su compañero de clases parecía en verdad interesado de escuchar algo sobre él.
— ... Sí, dos menores. —
Y un tonto no podía evitar sentirse incómodo cada vez que le sonreían tan amistosamente.
— Yo soy el menor de mi familia, así que era al que tenían que cuidar siempre. ¡Mi hermano nunca dejaba de molestarme cuando nos quedabamos solos! —
— ¿Eh? ¿Y por qué? —
— Mm... ¿No sé? ¿Le gustaba verme hacer berrinches? ¿Tus hermanos y tú no pelean? —
— ... No, creo que no. —
Su relación con An era tranquila como desde el primer momento, y Cactus pasaba todo el día fuera de casa igual que su antecesora.
— Deben llevarse bien entonces, que envidia. —
Ese tipo de sentimientos eran imposibles de comprender para ellos.
... O al menos así era.
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Era fácil notar que era el favorito.
El único que tiene permiso para golpear la puerta de la oficina de papá, el dueño de la única habitación de la casa, el que toma todas las decisiones respecto a ellos.
Un tonto que le miraba preocupado cada vez que llegaba a casa con huellas de alguna de sus parejas en el cuerpo, que le ofrecía dormir en su cama en lugar del sofá porque notaba que estaba cansado, que sin necesidad de decir algo le servía un plato de comida caliente.
— Eres molesto. —
Aunque Cactus decía eso y cosas mil veces más crueles, él solo sonreía con algo de culpa.
— Es una orden de papá, lo siento si es molesto. —
Ninguno podía entender al otro, porque no eran capaces de procesar algo que el contrario sí.
— ... ¿Te gusta? —
No era más que una hamburguesa de un restaurant de comida rápida que había comprado de regreso de la universidad.
— Sí... —
Escuchando esa respuesta del rubio que sabía que le detestaba, no pudo evitar sonreír.
— Eso es bueno. —
Sus espinas eran incapaz de tocarlo.
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El destino comenzó a moverse cuando finalmente descubrió qué era lo que les faltaba.
Sí, en todo este tiempo ninguno de ellos había hecho algún vínculo real. Ya habían llegado al máximo de lo que podían conseguir por sí mismos.
Los límites no pueden ser rotos si todo permanece sin cambios, la estabilidad sin progreso es innecesaria.
Diferentes a cualquier otra existencia, incapaces de influir por su cuenta en el mundo.
Para que todos sus años de esfuerzo no fueran un desperdicio, la respuesta a ese punto ciego era...
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Papá estaba sonriendo de forma distinta cuando llegó a casa con una erica, pero no fue capaz de notarlo en ese momento.
— Lo dejo a tu cuidado, Lotus. —
Verde contra un azul profundo como el mar.
Como piezas de un rompecabezas encajando, ambos mantuvieron su mirada en el otro.
— ... Sí, papá. —
Su nombre era Eric.
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Cactus lo odió desde el primer momento, quizás porque ambos tenían un circuito de emociones similar. Anemone permanecía neutral al respecto, aunque se notaba cómodo a su alrededor.
— Son como tu cabello. —
— ¿Eh? —
Sin notarlo, Eric había comenzado a trenzarlo igual que alguien hace mucho tiempo atrás. No lo había cortado desde ese entonces, y las raíces cada vez estaban más cerca del blanco.
La sonrisa en el rostro del otro era agradable de ver.
— Las flores de erica. —
El destino siempre fue cruel con ellos.
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Desde el primer momento fue un error, un sentimiento dulce destinado a ser destruido.
Aún si su cuerpo era compatible, su tiempo era limitado.
Sin entender lo que ocurría, no podía hacer más que sujetar la mano de Eric mientras este ahogaba sus quejidos de dolor en su garganta.
Cuando papá llegó con las medicinas que necesitaba ya había sangre manchando la escena.
No fue capaz de soltar su mano en ningún momento.
Recordaba haber estado así alguna vez, con alguien haciendo lo mismo por él.
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Un paseo a media tarde por una plaza en la que alguna vez una amapola silvestre había jugado.
— ... Hey. —
— ¿Qué pasa? —
En el columpio junto al suyo, Eric permanecía con la vista en la tierra. Su cabello castaño era de un tono mucho más claro que antes, pero eso no era lo que llamaba su atención sino la forma en la que el viento de otoño lo despeinaba.
— ¿Cuánto helado podemos comer en tres meses? —
Ese era el tiempo límite que papá le había dado a su cuerpo.
— Si comes demasiado te dolerá el estómago, ¿no? —
— Mm... Tienes razón, pero... —
Con un pequeño impulso de sus pies, el columpio de Eric comenzó a moverse con suavidad.
— Tu puedes comer todo lo que quieras, ¿verdad? Porque no duele~ —
— ... Supongo que sí. —
Uno de los dos sonrió.
— Asegúrate de hacerlo, ¿sí? —
El otro no tardó en imitarle.
— Porque siempre luces muy feliz cuando lo haces, Lotus. —
Un sentimiento dulce y efímero que ninguno fue capaz de nombrar.
— ... Tú también te ves feliz. —
— ¿De verdad? —
— Mmh. —
— ¿Ehh~? —
Las manecillas del reloj no se detuvieron.
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Un sábado fueron juntos a un cementerio.
Anemone estaba tomando su mano, porque aunque ninguna tumba estaba descuidada en exceso era la primera vez que estaba en un lugar así. Todo su ser le pedía estar nervioso.
Él se sentía de una forma parecida, pero Eric había dicho que quería ir a ese lugar y no fue capaz de negarse.
— ¿Esos son lirios? —
— Sí, papá me los mostró una vez. —
— Hay muchos... —
No es que realmente les gustaran las flores, ese era papá.
Pero de todos modos era agradable estar ahí.
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Se encontraron con una anciana durante su paseo. En sus brazos llevaba un ramo de crisantemos blancos.
— ¿Han venido a visitar a algún familiar? —
— No, es que voy a morir pronto. —
— ... —
Anemone asintió con su cabeza mientras un tonto suspiraba internamente por esa sinceridad excesiva.
Tardaron un par de minutos en tranquilizar a la anciana, y a cambio ganaron una larga conversación sobre algo que papá nunca había pensado en mencionar.
Un cielo después de la muerte, un paraíso de felicidad eterna.
Un después que antes no existía en sus mentes.
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En esa seguridad que sin percatarse solo les provocaba su habitación, hablaron por largas horas al respecto.
— Si todos terminan ahí eso significa que algún día tu también, ¿no? —
— Pero yo... —
— ¿Qué? Estás vivo aún si tu cuerpo es diferente. —
— ... Mmh. —
Podía pensar, incluso si habían cosas que era incapaz de sentir. ¿Solo eso era suficiente?
Ninguno de los dos tenía forma de saberlo.
— Tienes que cuidar de An así que no puedo pedirte que te apresures, pero... —
Incluso con lo que aquello insinuaba, Eric estaba sonriendo.
— Te estaré esperando, ¿de acuerdo? —
Una esperanza que no tardó en romperse.
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Existencias diferentes a cualquier otra, frágiles e incapaces de influir por su cuenta en el mundo incluso si tienen potencial para hacerlo.
Porque sin importar el método ni los siglos que hayan pasado, no son más que producto de un alma humana.
Un alma que no es intencionalmente cruel, pero que de todas formas no podía evitar sonreír con fuerzas al ver la figura junto al cadáver en su cama.
Sin lágrimas en su rostro pese a que algo en su interior se estaba rompiendo.
— ¿Lo entiendes? —
— No lo entiendo, papá... —
Intentando procesar sus palabras, encontrarles un sentido que no implicara destruir aquello que por accidente había dejado nacer.
— No hay pruebas de que exista ese paraíso después de la muerte, y aún si existiera es imposible que alguno de ustedes lo alcance. —
Porque no son más que piezas sueltas unidas entre sí.
Porque si cumplieran su propósito y realmente lograran abrir la puerta a esa lugar, entonces en ese mismo instante no seguirían existiendo.
Así es como funciona el sistema.
El alma energía de un ser como [Combustible].
Un patrón de [Datos] y una voluntad núcleo.
Y un cuerpo [Compatible] con el sistema resultante de esta.
— La muerte no implica la del alma, solo la del cuerpo. La descomposición de este, para ser más precisos. —
Sin embargo, basta que una de las piezas no funcione para que el enlace entre ellas se rompa. Sin un cuerpo, la estabilidad de cualquier consciencia comienza a fragmentarse.
Algunos podían tolerarlo si las condiciones eran las adecuadas, pero existencias como ellos...
— El alma de su cuerpo se fue a algún lugar y él... —
No quería escucharlo.
— Solo desapareció, así es como funciona. —
No quería entenderlo.
— De todas formas, no era más que algo que hice con esa empatía que desarrollaste. —
Gracias a las palabras y enseñanzas de una mujer estúpida.
— Siempre puedo encontrar un cuerpo similar y hacer uno idéntico. —
La misma base, incluso si algunas partes cambiaban.
— ¿Eso te haría feliz? —
El mismo destino de ser destruido.
¿Cuál fue su respuesta en ese momento?
¿Habrá sido un error?
... Sí, de seguro lo fue.